Leonard y la intolerancia a la lactosa

El pobre Leonard pertenece a ese grupo de adultos que posee intolerancia a la lactosa. Entre aquellos que tienen un origen noreuropeo se trata de una afección rara, que afecta a un 5%. Un porcentaje que contrasta con el 98% entre los adultos del sudeste asiático, el 71% en Sicilia o el 74% de las comunidades rurales mexicanas (en España es del 15% mientras que en Portugal es el 35%). Este cambio genético único, que permite a los adultos beber leche y cuyo origen se encuentra en Escandinavia y norte de Europa, sucedió hace unos 8.000 años. Esta mutación se fue extendiendo pues, en situaciones de hambruna –y no olvidemos que el último periodo glacial terminó hace 10.000 años-, poder alimentarse de leche proporciona una clara ventaja. Es más, de una vaca se extraen más calorías ordeñándola que comiéndola.

Curiosamente este hecho hace sospechar a algunos científicos que en los últimos 10.000 años hemos cambiado cientos de veces más deprisa que en cualquier periodo anterior de la historia de la espece. Las nuevas adaptaciones genéticas, unas 2.000 en total, no quedan restringidas a las conocidas diferencias físicas entre los distintos grupos étnicos, como el color de la piel o de los ojos. Las mutaciones de las que hablan están relacionadas con el cerebro, el sistema digestivo, la esperanza de vida, la inmunidad a seres patógenos, la producción de esperma…

Uno de estos investigadores, el antropólogo Henry Harpending de la Universidad de Utah, piensa que esta evolución acelerada está separándonos biológicamente: “Es como si las diferentes poblaciones humanas estuvieran evolucionando separadamente unas de otras”. Junto con el físico y profesor adjunto del departamento de antropología de esa universidad, Gregory Cochran, publicó el controvertido libro The 10.000 year explosion, donde defiende que existen pruebas de la acción de las fuerzas evolutivas en el ser humano incluso en tiempos tan recientes como la Edad Media.

Su punto de partida es un aspecto misterioso relativo a los judíos asquenazí, los descendientes de los judíos que se asentaron en Centroeuropa y Europa Oriental a comienzos del siglo X: ¿por qué presentan una mayor incidencia de ciertas enfermedades genéticas, como la fibrosis quística o la enfermedad de Tay-Sachs? Así, pueden alcanzar proporciones “hasta 200 veces mayor entre los judíos de origen asquenazí”, dice la consultora genética Melina Klufarn. Este hecho se atribuye al llamado “efecto fundador”, que aparece cuando una población ha sido formada a partir de un escaso número de individuos donde algunos son portadores de esos genes defectuosos. Un efecto que se ha visto potenciado porque el grupo mantiene una política social endogámica, en este caso por motivos religiosos. Pero los genes asquenazí albergan otro misterio. Diferentes estudios han encontrado que los integrantes de este grupo judío poseen un cociente intelectual por encima de cualquier otra etnia: en promedio, entre 112 a 115 puntos. Es más, aunque los asquenazí representan únicamente el 3% de la población de los Estados Unidos, han ganado el 27% de los premios Nobel y el 25% de los premios Turing (conocidos como los premios Nobel de Ciencias de la Computación) de ese país. Y más de la mitad de los grandes maestros de ajedrez son judíos asquenazí.

En 2005, Harpending, Cochran y Jason Hardy publicaron en el Journal of Biosocial Science una explicación muy polémica, pues afirmaron que semejantes puntuaciones en el cociente intelectual se explican por simple selección natural. Entre los años 800 a 1700 en Europa se les prohibió ganarse la vida en los trabajos habituales, como el artesano, agrícola o ganadero. Su única salida fue dedicarse a empleos emergentes que exigían cierto nivel intelectual: el comercio y las finanzas. Según Harpending, quienes trabajaron más y mejor pudieron dejar más descendencia y, debido a la histórica endogamia judía, sus genes empezaron a dominar el patrimonio genético de esta etnia. Harpending también apunta que algo similar puede haber pasado en otros grupos, como los Parsis, persas que hace un milenio huyeron de la opresión religiosa musulmana y se instalaron en la India. Al igual que los asquenazí, su número es muy reducido (ronda los 70.000 individuos) pera es la etnia que ha hecho un mayor número de contribuciones relevantes a la historia y el desarrollo de la India. Claro que en la base de todo este razonamiento existe una petición de principio que Harpending no justifica: ¿hasta qué punto la inteligencia –o al menos lo que mide el cociente intelectual- se encuentra ligada a los genes?

Para estos antropólogos de Utah el ritmo de cambio en el genoma humano se ha incrementado en los últimos milenios: “Literalmente cientos o miles de alelos están sometidos a selección natural, lo que significa que nuestros entornos sociales y físicos favorecen a unos frente a otros. Las nuevas variantes son las que se están extendiendo por todo el globo y haciéndose cada vez más comunes”. La agenda de Cochran y Harpending es clara: quieren introducir una perspectiva biológica en la historia. No sólo los aspectos culturales o las relaciones sociales marcan el devenir de los pueblos, sino también la evolución de sus genes.

¿Cuál es la causa de que sigamos evolucionando? El descubrimiento de la agricultura y la ganadería. La llamada revolución del neolítico nos convirtió en sedentarios y abandonamos las prácticas recolectoras y cazadoras que habían caracterizado al género Homo desde que surgió en África. Como consecuencia del almacenamiento de comida se produjo un aumento de la población, que llevó de la mano un aumento en la incidencia de enfermedades como la viruela o la malaria. “En particular –apunta el antropólogo John Hawks- la malaria tiene 35.000 años de edad y su forma más virulenta tan solo 5.000”. Y tan corto espacio de tiempo “la gente del África subsahariana, donde es endémica, ya ha desarrollado 25 nuevos genes que la protegen contra la malaria, incluyendo el grupo sanguíneo Duffy”. Para Hawks esto es una prueba de evolución acelerada.

Para Cochran y Harpending los cambios dramáticos que descubrimos en el desarrollo de la cultura humana hace 30-40.000 años, como la pintura, la escultura o las nuevas y depuradas técnicas de creación de herramientas, fueron debidos a un cambio en el genoma humano que nos llevó a un cerebro más creativo e inventivo. Este cambio lo relacionan con el apareamiento que pudo darse entre nuestros antepasados y los neandertales antes de que estos desaparecieran.