Sheldon, Leonard y los espermatozoides inteligentes

Pues lo cierto es que a mediados de los 80 un empresario tuvo esta idea: pedir a las personas más inteligentes de la Tierra que le vendieran varios millones de sus espermatozoides.

De este modo, aquellas mujeres o parejas que quisieran podían comprar unos cuantos de esos espermatozoides para concebir a un hijo supuestamente inteligente. El negocio se basaba en el supuesto de que padres inteligentes dan, por sistema, hijos inteligentes.

Claro que, siguiendo el razonamiento de Sheldon, a quien habría que comprar el esperma es al padre del premio Nobel, que él sí engendró un tío realmente listo…

Al final el asunto no fue un gran negocio, a pesar de que muchas mujeres y parejas apostaron por ello.

Un par de décadas después se intentaron vender óvulos de modelos por Internet. Aquí el negocio está más justificado: el aspecto sí está definido totalmente por los genes. Lo que no es seguro, como cualquiera puede comprobar con sólo echar un vistazo a su alrededor, es que padres guapos tengan hijos guapos.

Cuenta la leyenda que Einstein se enfrentó con este dilema. Cuando ya era un hombre de edad, una hermosa joven, de la que no podría decirse que fuera una prometedora candidata para el premio Nobel, se le acercó. Con voz dulce le dijo que le gustaría tener un hijo suyo. ¿La razón? Bien sencilla. Así tendrían un hijo con la belleza sin par de la madre y la tremenda inteligencia del padre.

Pero el físico dijo que no. Einstein le contestó:

- Mi querida señora, ¿qué pasaría si sacase mi belleza y su inteligencia?